
Cuidado paliativo
Acompaño a personas en sus últimos momentos
Tuve la suerte, cuando apenas tenía veinte años, de poder estar muy cerca en el momento de la despedida de un ser querido. Permanecí a su lado, acompañando cada instante: el desgaste del cuerpo, los temblores, la respiración entrecortada, el olor, la mirada que se iba apagando, la textura de su piel. No me separé en ningún momento; sentía la necesidad profunda de estar ahí. Sin saber entonces nada sobre la muerte ni sobre musicoterapia, me acerqué a su oído, le hablé con amor, le conté cuánto le queríamos, nombré a quienes estábamos allí acompañándole. Le canté, le toqué, respiré con él… y permanecí a su lado hasta su último aliento.
Años después, con el nacimiento de mis dos primeros hijos, pude vivir el otro extremo de la vida: la llegada. Sentirlos nacer, hablarles, cantarles, tocarlos, respirar juntos, compartir la cercanía y el vínculo desde el primer instante. Cuando perdí a mi tercer hijo, volví a encontrarme, de nuevo, con la vida y la muerte muy de cerca. Estuvieron presentes la respiración compartida, el canto, el movimiento, la conexión profunda… y también ese movimiento final, acompasado, hacia la despedida sin vida.
De ambas experiencias he aprendido profundamente. Creo que aquello que nos llama sin saber por qué acaba marcando nuestro camino. Por eso estoy aquí, acompañando el principio y el final de la vida. De forma vocacional, natural, como cuando algo nace de dentro y simplemente sucede.
Somos música, somos ritmo, somos melodía, somos silencio
Cuando acompaño a una persona en sus últimos días, presto una atención profunda a su cuerpo y a todo lo que sigue expresando. Incluso cuando está encamada o sedada, hay mucho movimiento: pequeñas muecas, espasmos, movimientos oculares, gestos casi imperceptibles, movimientos internos que hablan sin palabras.
Escucho su voz, que rara vez es hablada, pero se manifiesta en sus lamentos, en sus sonidos. Atiendo a su mirada, a su gesto facial y corporal, y especialmente a su respiración: su ritmo, sus pausas, la presencia o no de apneas. A veces, sin darme cuenta, mi cuerpo entra en sintonía y me descubro meciendo la camilla, acunando a la persona como si el movimiento pudiera sostenerla.
Con todo ello, voy creando una especie de banda sonora viva: un acompañamiento sonoro que nace de lo que la persona expresa y comunica en ese momento. La música no se impone, se adapta, se sincroniza y acompasa, convirtiéndose en un puente de presencia, escucha y cuidado en el tramo final de la vida.

Puede resultar difícil imaginar esta escena cuando pensamos en la muerte. Sin embargo, puedo asegurar que, para mí, son vivencias profundamente llenas de calma y paz. No siempre es sencillo sincronizar con la persona que se encuentra en ese momento vital, pero cuando se logra entrar en la misma sintonía, todo fluye: desaparecen el tiempo y el espacio, y solo queda la presencia compartida.
Solemos entender la vida como una línea con un inicio y un final, pero mi experiencia me lleva a sentirla más bien como una circunferencia. Un recorrido que comienza y termina en el mismo punto, porque al nacer y al morir compartimos necesidades muy similares: cuidado, contacto, escucha y acompañamiento.
Actualmente desarrollo esta labor en la Unidad de Cuidados Paliativos del Hospital San José de Teruel, acompañando a personas adultas en sus últimos momentos.
También formo parte del acompañamiento en Cuidados Paliativos Pediátricos en la planta de Pediatría del Hospital Obispo Polanco de Teruel, un proyecto posible gracias al apoyo y la sensibilidad de la asociación Martina es mi Ángel, impulsada por una “rubia” tan cariñosa como comprometida, que hace posible que este acompañamiento llegue a quienes más lo necesitan.


